Entre Dos Almas (1)

¿Alguna vez os habéis enamorado? ¿Habéis sentido esa sensación tan maravillosa pero a la vez tan agridulce? ¡Ay, el amor! Por amor se hacen las mayores locuras. Por amor se puede recorrer cielo y tierra y por amor se puede entregar hasta la vida… las cosas que hacemos por amor.

Pero empecemos por el principio. Esta historia es una historia como otra cualquiera, incluso podría ser la tuya.

Todo comenzó con una noche de primavera mirando el cielo estrellado. Una noche más en un lugar cualquiera. La ausencia de la luz artificial era propicia para estar viendo aquella lluvia de estrellas. Y entre la penumbra, un único deseo.


Aurora se encontraba en la cafetería de la estación de autobuses mirando a la nada. Frente a ella tenía una taza humeante de café solo, sin azúcar. Le dolía la cabeza como si hubieran estado utilizando un martillo neumático toda la noche sobre ella.

No iba a volver a beber. Nunca más.

O al menos eso era lo que se repetía internamente una y otra vez, aun que en el fondo sabía que volvería a recaer en aquella rutina de salir los viernes por la noche de fiesta a intentar olvidar. Sabía que no era una sana costumbre pero cada semana, tras salir del trabajo el viernes por la tarde se iba a una cervecería que había a pocas manzanas, se sentaba en la misma mesa al fondo del local y se dedicaba a beber pintas de cerveza hasta que casi no era capaz de mantenerse en pie.

Había entrado en  un bucle de autodestrucción y no hacía nada para salir de él. Sus padres y sus hermanos estaban preocupados. Todo había comenzado hacía pocos meses. Aurora iba a casarse, faltaban tan sólo seis meses para su boda. Adoraba a su prometido, llevaban saliendo prácticamente desde que la rubia había llegado a terminar sus estudios en Madrid. Él había sido quién la había animado a presentar su candidatura para trabajar en el Museo del Prado cuando termino su carrera en historia del arte. Con él, había descubierto las maravillas que un lugar tan concurrido y ajetreado como Madrid podía llegar a ofrecer. Él era quién la había enseñado a conducir. Estaba segura de que él sería el padre de sus hijos, la persona que tendría a su lado para envejecer… pero como en toda historia de amor, nada es perfecto.

Hacía unos meses, Aurora había salido antes de trabajar para darle una sorpresa, pero la sorprendida fue ella cando encontró a su prometido, en la cama que ambos compartían, teniendo sexo con uno de los compañeros del bufete de abogados en el que él trabajaba.

Se le había caído el alma al suelo y su corazón se había partido en mil y un pedazos ¿Todos sus años de relación valían tan poco? ¿Alguna vez habían sido reales todos los “te quiero” que él le había profesado?

Aquel viernes por la tarde, ella lo echó de casa. No quería saber nada más de aquel impresentable. Su rendimiento en el trabajo cayó en picado, su interés por prosperar se fue por el desagüe. Por eso su supervisora le había recomendado que se tomara un tiempo para recuperarse, que se tomara unos meses, quizás un año, de excedencia. Por eso estaba en aquella estación.

Volvía a Galicia, a su hogar, al pequeño pueblo en el que se había criado.

Y también sabía todo lo que ello conllevaba. Les había dicho a sus padres que había roto su compromiso, pero no les había contado las circunstancias en las que había ocurrido. Ni siquiera les había dicho que volvía a Sardiñeiro da Abaixo. Tan sólo se lo había dicho a su hermano mellizo.

Iba a quedarse en casa de Alessandro. Sabía que él no la juzgaría ni se compadecería de ella en ningún momento. Incluso, cuando se enteró de lo ocurrido, no lo dudó ni un segundo, dejó su faena y bajó hasta Madrid, para dos cosas. La primera, consolar durante todo un fin de semana a su hermana. La segunda, darle una paliza al ahora ex-prometido de su hermana.

Aurora miró el reloj de su teléfono móvil. Suspiró y se dirigió hacia las dársenas. Le esperaban demasiadas horas de autobús hasta Finisterre y después hasta su pequeño pueblo.

Miró por última vez la estación ¿Hacía bien en dejarlo todo y huir? Tan sólo llevaba con ella una pequeña bolsa con la ropa imprescindible y un trasportín en el que iba su gato negro, Daemon. No era que no fuera a regresar a Madrid. Lo haría, pero no sabía cuándo. Por ahora solo quería alejarse de los recuerdos que le atormentaban en cada calle, en cada momento, en cada esquina.

El autobús no tardó demasiado en llegar, entregó su maleta y subió con su gato en busca de los dos asientos que había reservado. En el fondo, sabía que estaba haciendo lo correcto. En el fondo, sabía que, en su hogar, le esperaba su futuro, aunque ella aún no se hubiera dado cuenta de ello.

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